Eva estaba sola en casa cuando el timbre sonó.
Tenía una taza de té entre las manos y el celular sobre la mesa, esperando un mensaje de la madre de Hernán. Los mellizos estaban con sus abuelos paternos desde hacía unas horas. Habían ido a pasar la tarde a un parque de diversiones pequeño en las afueras, de esos con juegos antiguos, algodones de azúcar y bancos bajo los árboles donde los abuelos podían sentarse mientras los niños corrían un poco.
Eva había aceptado porque los niños necesitaban a