Agustín levantó el celular de la mesa con las manos todavía temblando. De rabia. Una rabia tan grande, tan caliente, tan viva, que por un segundo creyó que no iba a poder contenerla. El nombre de Vanessa seguía brillando en la pantalla, insistente, como si ella todavía tuviera derecho a seguir en su vida, en su dolor, con la misma naturalidad con la que acababa de salir abrazada del brazo de otro hombre. El teléfono volvió a sonar. Nahuel, sentado en el sillón, levantó la vista. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar, la cara pálida, las manos apretadas contra las piernas como si aún estuviera tratando de sostener algo que ya se le había caído encima hacía meses. Agustín lo vio. Vio esa culpa que no le correspondía. Ese miedo de niño que había tenido que aprender demasiado pronto a guardar secretos de adultos. Y entonces entendió que no podía explotar. No frente a él, en ese momento. Aceptó la llamada. —Agustín, ¿por qué no atendés? —soltó Vanessa del otro lad
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