Eva atendió la llamada de Laura en el pasillo, lejos de la cocina, aunque todavía podía escuchar las voces de los niños.
—Laura.
—¿Estás bien? —preguntó su amiga sin rodeos.
Eva apoyó la espalda contra la pared. Todavía tenía en el cuerpo algo del cansancio de los días anteriores, pero también algo nuevo, una calma que no quería perder.
—Sí. Estamos bien. Los niños están tranquilos. María amaneció mucho mejor. Salieron a ver caballos, jugaron a la pelota… por un rato pareció una mañana norma