El domingo por la tarde, la casa de campo tuvo una paz rara, porque afuera seguían existiendo abogados, comisarías, titulares y pruebas que podían destruir muchas vidas. Pero dentro de la casa, nadie encendió la televisión, nadie dejó que los niños tocaran internet y nadie pronunció los nombres que todavía podían arruinarles la merienda.
Eva estaba sentada en la galería, con un mate entre las manos y la mirada puesta en el fondo del campo. Lucas y Nahuel jugaban cerca del galpón con una pelota.