Laura Benítez atendió la llamada de Eva con el teléfono apoyado entre el hombro y la oreja, mientras revisaba una carpeta sobre el escritorio de la comisaría.
No había dormido. Pero no le importaba.
Tenía el pelo recogido en una coleta, los ojos cansados y una taza de café a medio tomar junto a la computadora. Carlos Méndez estaba sentado frente a ella, con su celular, una libreta y esa expresión de periodista que sabía cuándo una historia podía explotar, pero también cuándo tocarla antes de ti