Esa mañana, la casa de campo amaneció con olor a pasto húmedo, café recién hecho y leche hervida, con esa calma extraña que aparece después de una noche demasiado larga.
Eva se despertó antes que sus hijos, pero no se levantó enseguida. Durante unos cuantos minutos se quedó mirando el techo de la habitación, escuchando la respiración de María, que ya sonaba más tranquila, y el movimiento leve de Lucas en la cama de al lado. La puerta seguía entornada.
Nadie había entrado.
Ese detalle, que