Un rato después, cuando los niños bajaron de los caballos y corrieron hacia el patio, Agustín vio a Daniel, uno de los peones que ayudaba a su padre los fines de semana, pasando cerca del galpón.
—Daniel, ¿nos traés la pelota?
—¿La de Nahuel? —preguntó el hombre.
—Esa misma.
Emma levantó los brazos.
—¡Partido!
—Yo juego —dijo Lucas de inmediato.
—Yo también —agregó María, aunque Eva la miró con advertencia.
—Vos jugás suave.
—Suave —prometió la niña, sin convencer a nadie.
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