El señor Del Valle llegó a su casa con la mano de su esposa todavía aferrada a la suya.
Ninguno de los dos habló durante el camino.
La madrugada se había terminado hacía rato, pero en la casa todo seguía con ese silencio pesado de las noches malas. La empleada no había llegado todavía, las cortinas estaban cerradas y el reloj del recibidor marcaba una hora absurda para estar de pie con el alma destruida.
La señora Del Valle se quitó el abrigo con movimientos lentos. Tenía los ojos hinchados, la