Horacio Del Valle no pudo detenerse.
Al principio creyó que iba a encontrar algunos contratos mal, cifras infladas, correos inconvenientes o documentos que su hijo quería ocultar para proteger la constructora. Algo grave, sí, pero todavía dentro de ese terreno sucio que algunos empresarios llamaban negocios y otros, con más honestidad, llamaban delito.
Pero cuanto más abría carpetas, más entendía que Hernán no le había pedido que borrara archivos.
Le había pedido que enterrara una vida entera.