—¡Erick! ¡Suéltame! —chilló Elly, su voz ronca rompiendo el silencio del patio solitario del edificio. Se debatió, intentando arrancar el brazo del agarre de Erick, que se sentía como una tenaza de acero.
Pero la fuerza del hombre era inmensa; la muñeca de Elly empezó a enrojecerse y el dolor se extendió por todo su brazo.
—M-ma… mamá… —una vocecita a su lado tembló con violencia.
Felix permanecía allí, con el rostro pálido como la cera bajo la luz tenue de la farola. Un miedo profundo había pa