Mundo ficciónIniciar sesiónSin una sola palabra para defenderse, Elly se arrodilló de inmediato sobre el frío suelo. Sus dedos, que aún no dejaban de temblar, se movieron con rapidez, recogiendo uno a uno los billetes de dólar que estaban esparcidos a su alrededor.
Cada vez que sus manos rozaban aquellos papeles, sentía que su corazón se encogía un poco más. Ya no le importaba el decoro; ella misma había destruido su honra sobre esa cama minutos atrás, y ahora simplemente se limitaba a recoger los escombros en forma de bienes materiales.
Desde la cama, Erick permanecía recostado, observando la escena con una sonrisa ladeada y cargada de desprecio. Soltó una risa baja, un sonido que resonó con una crueldad absoluta. A sus ojos, Elly se veía ávida, demasiado entusiasta recogiendo el dinero, como si ese hubiera sido su único objetivo desde el principio.
—Vaya, resultó que comprarte era así de sencillo —se mofó Erick, con la voz saturada de insultos—. Te daría mucho más si estuvieras dispuesta a volver a esta habitación y servirme de nuevo.
Elly no respondió. Su atención estaba puesta únicamente en los billetes y en las manecillas del reloj que no dejaban de perseguirla. Para ella, ese dinero no representaba un lujo; era el sustento, la leche y el precio para redimir su culpa por llegar tarde a buscar a Felix.
Tras guardar el último billete en el bolsillo de su uniforme arrugado, Elly se puso en pie con las pocas fuerzas que le quedaban. Mantuvo la cabeza gacha, ocultando un rostro inexpresivo que, sin embargo, guardaba una tormenta de heridas tras de sí.
—Gracias por el pago, señor. Con su permiso —dijo Elly con una voz seca y carente de emoción, como si fuera una máquina que acababa de completar una tarea.
Sin esperar respuesta, Elly se dio la vuelta y echó a correr. No solo huía de esa habitación; intentaba escapar de la ruina de su propio ser. Cada paso se sentía pesado, mientras soportaba el ardor en su cuerpo y la opresión en el pecho, teniendo la imagen del rostro de Felix como único motor para seguir corriendo hacia la salida del hotel.
***
El aliento de Elly se entrecortaba, y el sonido de sus zapatos golpeando la acera parecía el eco de un corazón que competía contra la culpa. Al final de la calle, la silueta de la vieja iglesia se alzaba imponente, una edificación de piedra que exhalaba una calma profunda.
Sus pasos se ralentizaron al llegar al atrio. En el umbral de la gran puerta de roble, Anna esperaba como una guardiana fiel. La monja permanecía inmóvil, estrechando a Felix contra su pecho. La pequeña cabeza del niño descansaba lacia sobre el hombro de Anna, con la respiración acompasada de un sueño profundo.
—Anna... perdóname —susurró Elly con voz ronca, quebrándose entre los restos de un aliento que aún no lograba estabilizar. Extendió los brazos de inmediato, con los dedos temblando ligeramente al rozar la espalda cálida de Felix—. Llegué muy tarde... lo siento tanto.
Con un movimiento sumamente delicado, Anna traspasó el pequeño cuerpo de Felix a los brazos de su madre. Elly se aferró a su hijo al instante.
—No dejó de llorar hace un rato —la voz de Anna fluyó baja, cargada de una simpatía que solo lograba desgarrar más el corazón de Elly—. No quitaba los ojos de la puerta, esperándote hasta que se cansó y finalmente se quedó dormido.
Elly cerró los ojos por un instante, aspirando el aroma del cabello de Felix mezclado con sudor. La opresión en su pecho dolía más que el agotamiento del trabajo. —Tuve que quedarme extra... todo pasó tan de repente que no tuve oportunidad de avisarte —murmuró Elly, más para sí misma, en una defensa que sentía inútil.
Anna puso una mano sobre el hombro de Elly, un toque cálido y reconfortante. —Lo entiendo, Elly. Pero si esto vuelve a suceder, habla con él por teléfono para que no se angustie esperándote.
Elly asintió levemente, con las lágrimas a punto de desbordarse si no las contenía a tiempo. Contempló el rostro pacífico de Felix en sus brazos y se hizo una promesa interna. —Sí, Anna. Lo prometo. No dejaré que vuelva a esperarme con esa angustia.
***
La lámpara de cristal en el techo de la suite proyectaba una luz tenue que se reflejaba en la superficie de un vaso de whisky intacto sobre la mesa. Erick descansaba la espalda contra el sofá de terciopelo. En un rincón de la estancia, Matthew permanecía erguido como una estatua, con las manos entrelazadas tras la espalda; alerta, frío e indescifrable.
—Este es el resultado de la investigación confidencial sobre la administración de este hotel, señor —la voz de Matthew rompió el silencio, baja pero punzante. Avanzó con movimientos eficientes y dejó sobre la mesa una carpeta de cuero grueso que contenía los datos del desastre financiero del inmueble.
Sin embargo, Matthew no se detuvo ahí. Sacó una segunda carpeta, mucho más delgada, y la colocó justo encima de la primera. —Y esto... es la información sobre la señorita Elly Anderson que usted solicitó.
Al instante, el letargo en el rostro de Erick se evaporó. Sus ojos, antes apagados, se afilaron, brillando con un hambre de información que había contenido por mucho tiempo. Sin dedicarle una sola mirada a la carpeta de administración del hotel —un activo de millones de dólares al borde de la quiebra—, sus dedos se movieron con agilidad para arrebatar la carpeta sobre Elly. Para él, las cifras de pérdidas de la empresa eran estadísticas aburridas comparadas con los secretos de esa mujer.
El silencio volvió a adueñarse de la habitación, pero esta vez se sentía más opresivo. Solo se escuchaba el roce del papel mientras Erick pasaba cada hoja con minucia. Su respiración comenzó a pesarse, y su pecho subía y bajaba al ritmo de las líneas que devoraba. De pronto, su mano se congeló en una página.
—¿Esto...? —murmuró Erick. Su voz se atascó en la garganta, ronca y llena de duda.
Erick se quedó paralizado. Sus ojos se clavaron en una fotografía que asomaba allí. Un niño pequeño con un brillo en la mirada que parecía burlarse de él a través de una dulce sonrisa. Los datos escritos bajo la foto golpearon su orgullo de forma contundente.
—¡Así que esa mujer dio a luz a un hijo de ese malnacido! —siseó Erick. Su mandíbula se tensó y las venas de su cuello se marcaron mientras intentaba contener la explosión de furia que bullía en su pecho. Apretó los dientes con tal fuerza que produjo un crujido aterrador en el silencio de la estancia.







