MARCUS BLACK
— Vamos cariño, recordemos los viejos tiempos, te ves tan deliciosa.
La tomé en mis brazos y la puse en la cama, subí sus muñecas a la cabecera y las amarré ahí mientras se retorcía.
— Quédate quieta mi amor, o te amarraré más fuerte.
El cuerpo de Lissandra temblaba sobre la cama.
Tenía los tobillos amarrados a los extremos del colchón, las muñecas sujetas con correas de cuero al cabecero metálico. Se veía tan indefensa. Gritaba. Se revolvía. Pero la habitación estaba aislada. Nadi