LISSANDRA
La habitación era enorme, silenciosa… y ajena. Cada rincón decorado con un lujo frío, como el corazón del hombre al que ahora debía fingir pertenecer.
Habíamos vuelto de la subasta, estaba allí, sentada en la orilla de la cama de invitados, con la luz apagada y la cortina apenas abierta dejando entrar la luna. Esa habitación ya no era la mía. No era la de Marcus. No era la de nadie. Solo era un rincón donde esconderme de mí misma… y de él.
Sostenía entre mis manos una camisa, no cualq