ASHTON GARDNER
Erick corría por el césped con su capa roja volando al viento, su osito en una mano y una espada de juguete en la otra.
—¡Soy el guardián del jardín! ¡Y nadie puede pasar sin mi permiso! —gritaba, riendo, mientras Liss lo seguía con un gorro de papel en la cabeza que él mismo le había puesto.
Estábamos en el jardín de la casa, con una manta sobre el pasto, una canasta de picnic improvisada y tres corazones latiendo al mismo ritmo.
Yo los observaba desde la sombra del árbol sobre