ASHTON GARDNER
Después de un despertar lleno de risas y teorías sobre besos olvidados y novias bajitas, bajamos juntos a la cocina.
Erick iba descalzo, con su pijama de ositos y el cabello aún en modo “torbellino”. Liss llevaba uno de mis polerones, enorme sobre su figura, y debajo, su pijama de seda. Caminaba como una gatita perezosa, con una sonrisa serena y la mano de nuestro hijo aferrada a la suya.
Yo fui directo a la cocina, donde ya conocía cada rincón con los ojos cerrados. Encendí la c