LISSANDRA
—¿Seguro que no estás nervioso? —le pregunté a Ashton mientras él sacaba con cuidado la cajita con el trozo de pastel de cereza que había preparado esa mañana.
—Estoy emocionado —dijo con una sonrisa mientras abría la cajita y me ofrecía un tenedor—. Pero tú no has comido nada desde el desayuno, amor. Y no quiero que entres a la consulta sin algo en el estómago.
Suspiré y me acomodé en la silla de la sala de espera, rodeando mi vientre ya prominente con ambas manos. A veces todavía me