Salimos de la mansión y llegamos al auto donde nos esperaba el chofer.
—No usarás abrigo. —Su voz fue grave, rasposa.
—¿Por qué?
—Porque si lo llevas, nadie verá lo que es mío.
Me mordí el labio. Me subí al auto sin decir una palabra más.
Llegamos y Ash bajó y abrió la puerta, me ayudó a bajar y puso su brazo para que yo me afirmara de él.
El restaurante era elegante, exclusivo. El tipo de lugar donde se firman tratos millonarios con una copa de vino y una sonrisa falsa.
Ash caminaba a mi lado