Después del tenso momento entre nosotros, logré recomponerme. Apenas.
Ash volvió a su escritorio, serio, como si no acabara de hacerme temblar con una sola frase. Se puso a responder correos, firmar papeles y dar instrucciones por teléfono, como si el mundo entero girara a su ritmo.
Yo, sentada en mi nuevo escritorio —a solo un metro del suyo—, trataba de respirar con normalidad. Decidí concentrarme en el trabajo, tenía que sacar sus palabras de mi mente. Revisé las carpetas que él había dejado