MARCUS BLACK
La mansión estaba en silencio.
Solo el crepitar del fuego en la chimenea rompía el aire espeso de la sala.
Yo estaba ahí, en mi sillón de cuero, con una copa de coñac en la mano… y una vieja fotografía entre los dedos.
Lissandra.
Sonriendo.
Joven, confiada. Cuando me amaba. Cuando yo era su razón de existir.
Era lo único que me había quedado. Ese maldito Gardner se llevó incluso hasta su ropa.
La que me consolaba en mis noches de soledad.
—¿Sabes? —murmuré, hablándole a la imagen—.