—Quédate un poco más —insistió Isabela, apoyando una mano en el pecho de Angelo, como si ese gesto pudiera anclarlo al umbral.
—Quisiera, pero no puedo, Isabela. Ya te lo dije —respondió él. Tuvo que inclinar ligeramente el cuello para poder mirarla a los ojos.
Estaban de pie en la entrada principal de la mansión Moretti. Las luces cálidas del vestíbulo contrastaban con el frío de la tarde.
—Prometiste que me llevarías a cenar —se quejó ella, frunciendo los labios.
—Te lo prometí —replicó Angelo con gesto severo—, pero no te dije cuándo.
Le apartó un mechón de cabello del rostro con una familiaridad mecánica.
—Además, me debes una. Ayer te salvé de un sermón interminable sobre responsabilidad, dignidad y familia.
—Sí, me salvaste… y esperaba que al menos la pasáramos bien en el hotel, pero ni eso —Isabela hizo un puchero y se cruzó de brazos—. Eres un anticuado. No podemos esperar al matrimonio para tener sexo.
A Angelo le pareció que su voz había subido demasiado. Miró alreded