—Quédate un poco más —insistió Isabela, apoyando una mano en el pecho de Angelo, como si ese gesto pudiera anclarlo al umbral.
—Quisiera, pero no puedo, Isabela. Ya te lo dije —respondió él. Tuvo que inclinar ligeramente el cuello para poder mirarla a los ojos.
Estaban de pie en la entrada principal de la mansión Moretti. Las luces cálidas del vestíbulo contrastaban con el frío de la tarde.
—Prometiste que me llevarías a cenar —se quejó ella, frunciendo los labios.
—Te lo prometí —replicó An