Kaia
La luz del sol se coló por la ventana, despertándome. Solía dejarla sin cortina, pues me encantaba sentir el resplandor en la mañana.
Bastira siempre me llamó rara por ello.
Desde que el calorcito mañanero me acarició el rostro, me incorporé de golpe y me tiré de la cama. Acto seguido, empecé a bostezar y a estirar mis brazos, terminando mi rutina de despertar con un grito.
—¡Hoy es el día! —celebré con saltos alegres.
Agarré mi marcador rojo y marqué una equis en el calendario; luego, le