Zebela
La brisa de la mañana jugueteaba con las hebras de mi cabello libre, al mismo tiempo que soplaba una caricia fresca y sutil, que contrastaba con el huracán en mi interior.
Sentía que moriría cada vez que los latidos de mi corazón retumbaban en mi pecho y mi respiración dificultosa se atascaba en mis pulmones. Las miradas de desagrado de la multitud no ayudaban en nada. Estaba empezando a inquietarme, y el silencio sombrío se sentía punzante y acusador.
—Estamos reunidos aquí para hacer u