Regresamos a casa. El trayecto es corto, pero mis pensamientos lo hacen eterno.
Voy callada, mucho más que de costumbre.
Él lo nota, aunque no dice nada. Mi alma está en guerra; quisiera gritarle toda la verdad, pero la lengua se me traba.
Soy una cobarde.
Tengo miedo… miedo de perderlo otra vez.
De que al saber todo, se levante y se marche.
Y esta vez… no regrese jamás.
Ese miedo me ahoga. Me quema el pecho. Me hace sentir sola, incluso a su lado.
Al llegar, me aferro a la rutina. Me obligo a