—¡No sé en dónde está Ariana! Lo juro —dijo Arturo, con la voz quebrada por la desesperación.
Sergio lo miró con los ojos entrecerrados, examinándolo, buscando en sus gestos alguna grieta que delatara una mentira. Su incredulidad era palpable.
No confiaba en Arturo, no creía en nadie. La frustración lo consumía; sus puños temblaban por la rabia contenida.
—Será mejor que lo averigües. Si quieres seguir con tu empresa, entonces ¡hazlo! —Su voz se elevó, ronca, amenazante—. Te doy un día. Si para