El asistente bajó la mirada, incómodo, y negó con la cabeza lentamente.
—Lo siento, señor, no la hemos encontrado.
Las palabras golpearon a Sergio como un mazazo en el estómago.
Un nudo de frustración y rabia creció en su pecho, su respiración se aceleró y, por un momento, la furia estuvo a punto de desbordarse.
Maldijo entre dientes, apretando los puños con tal fuerza que sus uñas casi perforaron la piel.
—¿Entonces qué es tan importante que has venido a decirme? —dijo, su voz sonando más ácida