Sergio estaba en su celda, solo, aislado, como una fiera que había perdido el juicio.
Desde su llegada, su temperamento explosivo había provocado enfrentamientos casi mortales.
Dos veces estuvo al borde de ser asesinado a golpes por otros reclusos.
Nadie lo soportaba. No se callaba, no se doblegaba. Por eso lo relegaron a una celda de aislamiento, un rincón sin ventanas, donde apenas podía ver la luz del día.
Ahí, el tiempo se volvía una tortura invisible, lenta, implacable.
El espejo diminuto c