—¡¿Dónde está mi esposa?! —exclamó Sergio con un rugido que sacudió las paredes del despacho.
Los dos hombres frente a él se intercambiaron una mirada rápida, incómoda, y luego negaron con la cabeza.
—Eso no es algo que podamos responderle, señor… —murmuró uno de ellos, inseguro—. Lo siento, ¡no lo sabemos!
Sergio golpeó el escritorio con ambas manos, haciendo vibrar los objetos sobre él.
El sonido seco del impacto resonó como un disparo en la sala.
Sus ojos, rojos, inyectados de furia y lágrima