Sergio clavó su mirada en la mujer que se burlaba frente a él, deseando borrar esa sonrisa insolente de su rostro de un solo golpe.
Sus manos se crisparon a los costados, y la furia le hervía en las venas.
Estaba a un paso de perder el control.
Pero entonces, el sonido agudo de las sirenas cortó el aire como un cuchillo.
Varias patrullas aparecieron en la propiedad, rodeándolo.
Sergio, a regañadientes, contuvo su ira.
Respiró hondo, ocultando bajo una máscara de aparente calma el huracán que le