Pronto, el auto fue rodeado por muchos guardias que parecían estar dispuestos a lo peor.
Un miedo palpable recorrió cada rincón de sus cuerpos, como si el aire se hubiera vuelto pesado, imposible de respirar.
—¡Miranda! —exclamó Arturo, su voz ahogada, llena de angustia, mientras sus ojos buscaban desesperadamente ver que ella estaba bien.
Miranda, con el rostro pálido y los ojos brillando de rabia, no apartaba la vista de Sergio, quien, implacable, no tardó en acercarse con paso firme y calcula