Marfil e Imanol se despidieron de todos.
Subieron al coche, sus manos entrelazadas, y comenzaron a conducir hacia el mar Adriático, donde las olas susurraban promesas de libertad.
La luna brillaba en el cielo, bañando de un color plata y blanco.
Estaban tan emocionados, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos.
Pronto llegaron al muelle.
El crucero que los esperaba era todo lo que Marfil había soñado, un palacio flotante de lujo y elegancia, rodeado de vida y alegría.
Pero, a pesar