Esa mañana, tras compartir el último desayuno en casa de los padres de Elena, Diego y ella se preparaban para regresar a la villa. Lucía estaba de pie en el umbral con el rostro compungido, abrazando la muñeca que Diego le había regalado.
—¿De verdad ya se tienen que ir, Elena? —preguntó Lucía con tono decepcionado—. Solo han estado aquí dos noches.
Elena se acercó a su hermana y se arrodilló para quedar a su altura. Le acarició la mejilla con ternura.
—Sí, cielo. Diego tiene que volver