Diego abrió la puerta de su apartamento con los párpados todavía pesados. Esperaba encontrarse con Leire, que solía traerle el desayuno, pero en su lugar vio a Martín. Su antiguo asistente personal contrastaba violentamente con el entorno: vestía un traje gris impecable, mientras que las paredes del pasillo a su espalda estaban cubiertas de grafitis y pintura desconchada.
Diego no dijo nada. Se limitó a abrir la puerta por completo para dejarlo pasar y regresó a la pequeña zona de la cocina.