Miguel dio un paso al frente, acortando la distancia hasta que Elena pudo sentir su aliento gélido.
—Daniel no está aquí ahora. Llámame Miguel.
Elena contuvo la respiración, con la espalda pegada a la puerta de acero. La mirada del hombre frente a ella era la de un extraño; fría, calculadora y desprovista de la más mínima pizca de la dulzura que Daniel solía mostrar.
Sin embargo, antes de que Miguel pudiera tocarle siquiera un cabello, su cuerpo se tensó de repente. Cerró los ojos con fuer