Unos días después de la caótica noche en el garaje de Daniel, Diego finalmente entró en la mansión Montenegro. No venía para una visita formal ni para intercambiar cortesías. Sus pasos resonaron pesados y firmes sobre el suelo de mármol mientras se dirigía directamente al despacho privado de Sofía.
Sin llamar a la puerta, Diego entró. Sofía estaba sentada tras su escritorio ejecutivo, tomando té con una calma inquebrantable, como si nada hubiera pasado.
—Finalmente has vuelto, Diego —dijo So