El asistente de Arturo seguía de pie frente a ellos, sosteniendo el sobre crema.
—Señor Diego —lo llamó.
Diego finalmente tomó el documento. No lo abrió de inmediato; se limitó a mirar el nombre escrito en el frente. Parecía la letra de Arturo.
—Para que lo sepas —soltó Diego de la nada.
El asistente levantó la vista. —¿Sí?
—Odio cada una de las costumbres de ese viejo.
Elena pensó que el hombre se ofendería, pero no fue así. Al contrario, esbozó una leve sonrisa. —¿Cuál costumbre en part