Elena se sentó en el borde de la cama del hotel. Tenía en la mano una carta de Arturo. Sus ojos se clavaron en la primera línea: Para mi hija, Elena.
Se quedó mirando esas palabras un buen rato. Le pesaban más que todo lo que había vivido ese día. Los ojos se le llenaron de lágrimas, nublándole la vista. En toda su vida, nadie le había escrito usando esas palabras. Lo normal era que la llamaran señorita Elena, la esposa de Diego, o señora Elena. Pero ahora, era mi hija.
Apretó el papel por l