Arturo había salido de la UCI aquella madrugada, pero seguía débil. Su rostro estaba más pálido de lo normal y su cuerpo se veía mucho más delgado que la última vez que Diego lo había visto unos meses atrás. Diego permanecía sentado junto a la cama mientras abría la bandeja del desayuno del hospital sobre la pequeña mesa auxiliar.
Sopa. Papilla. Y algunos trozos de fruta que Arturo ni siquiera había tocado.
—Por mucho que sigas mirando la comida, no va a convertirse en un filete —dijo Diego