Las horas pasaron lentas, espesas.
La noche cayó sobre la casa como un manto pesado, y Gael no se movió del sillón. No había intentado ordenar el desastre ni curarse los nudillos hinchados. Se limitó a esperar. Cuando estaba así, sabía que algo iba a llegar. Siempre llegaba.
A las 02:17 a. m., tres golpes secos sonaron en la puerta.
No fueron fuertes.
Fueron precisos.
Gael se puso de pie al instante. El cuerpo le respondió como si nunca hubiera estado fuera de combate. Tomó el arma que guardaba