La noche cayó sobre Theros como una manta pesada, silenciosa y densa. Las sombras se extendían por los pasillos como dedos alargados que susurraban secretos a cada rincón del castillo. Violeta caminaba descalza por la galería del ala este, su capa de terciopelo oscuro apenas amortiguaba el frío de los suelos de mármol. Nadie debía verla esa noche. Nadie debía saber hacia dónde se dirigía.
El corazón le palpitaba con un ritmo que no era del todo temor ni del todo deseo, sino una mezcla contradic