El cielo de Theros se cubría con un gris tibio, una mezcla entre nostalgia y calma antes de una tormenta que nadie se atrevía a nombrar. En los jardines imperiales, el viento mecía las ramas con un ritmo lento, como si incluso la naturaleza intentara contener la respiración.
Violeta caminaba entre los rosales que bordeaban la fuente central, las manos ocultas entre los pliegues de su vestido azul oscuro. El mismo color de la tinta con la que, durante la madrugada, había escrito una carta que aú