El amanecer llegó como una hoja cortando el velo oscuro de la noche. La sala de los espejos, situada en la parte más antigua del ala oeste, despertaba con el frío de la piedra aún sin tocar por la luz. Allí, los cristales altos reflejaban no solo rostros, sino secretos. Se decía que quien se mirara durante la primera luz del día vería no lo que era… sino lo que podría haber sido.
Violeta llegó sin capa, sin escoltas, sin intención de aparentar nada. Solo ella, sus pasos, y la carta doblada dent