El ala norte del castillo, usualmente bulliciosa con sirvientes, consejeros y guardias reales, se hallaba en un inusual estado de quietud. Las puertas de la cámara del príncipe Leonard de Theros se mantenían cerradas, resguardadas por dos soldados que no se atrevían a pronunciar palabra. Solo el sonido apagado de pasos cuidadosos y murmullos tensos se filtraba por los pasillos, como si todo el castillo contuviera el aliento.
En el interior, la oscuridad había sido templada por velas altas que ar