Las semanas se deslizaban entre los tapices del palacio como el viento por rendijas mal selladas: imperceptible, pero imposible de ignorar. Las llamas en las chimeneas ardían con parsimonia, las copas tintineaban en los banquetes cuidadosamente organizados por la reina madre, y los pasillos, tan majestuosos como helados, guardaban secretos en cada rincón donde la luz de las antorchas no alcanzaba. Todo seguía igual. Inquietantemente igual.
Violeta, o mejor dicho Emma Valmont, comenzaba a compre