El carruaje real atravesó lentamente la gran verja del Palacio de Theros, escoltado por caballeros con armaduras resplandecientes y estandartes del Reino ondeando en el viento. Tras varios días de ausencia, la Reina Madre Isolde regresaba al centro del poder, con la misma elegancia temible que siempre la había caracterizado. Sus labios, tan delgados como su paciencia, apenas se curvaron en una sonrisa al ver el sólido edificio que albergaba los hilos de la corona. Nadie sabía con certeza dónde