Las campanas de bronce anunciaban la hora nona cuando el príncipe Kael D’Arvent apareció en el corredor norte del palacio. El sol descendía, dorando las columnas de mármol con una luz suave, casi melancólica. En los balcones altos ondeaban las banderas de Theros, lentas, orgullosas, como si hasta el viento les reverenciara.
En el jardín interior, Lady Violeta Lancaster —Emma— hojeaba distraída un libro sin avanzar realmente entre sus páginas. Sentía la presión de demasiados ojos en los últimos