El alba apenas rozaba el cielo de tonos pálidos sobre Theros, cuando un golpe seco, firme, irrumpió en la tranquilidad del aposento de Lady Violeta Lancaster. No fue un sonido brusco, ni desesperado. Fue una advertencia contenida, una presencia anunciada con dominio.
Violeta, envuelta aún en el sueño rápido de la madrugada, se incorporó lentamente en su lecho. La brisa que entraba por la ventana apenas movía las cortinas, pero un estremecimiento recorrió su espalda. Ese llamado no podía proveni