Esa noche no fue distinta en apariencia.
Las antorchas del palacio titilaban con su danza eterna de fuego. Los corredores de piedra mantenían su habitual silencio gélido, y los guardias murmuraban entre dientes mientras cambiaban de turno.
Pero en una de las alas nobles, tras una puerta cerrada con finos grabados florales, algo estaba cambiando.
Arabella Devereux, aún con el vestido puesto, se sentó en el borde de su cama, descalza. Sus manos apretaban las sábanas como si de ellas dependiera ma