Desde que Emma había abierto aquel libro por primera vez, muchas cosas en su vida habían dejado de tener explicación. Pero si algo había aprendido era que los detalles más simples, los que parecían insignificantes, eran los que cargaban las advertencias más poderosas.
Y sin embargo… desde el capítulo veintiuno, no había ocurrido nada. Absolutamente nada.
El libro parecía haberse rendido. Sus páginas, una tras otra, seguían completamente vacías. Como si el tiempo se hubiese congelado. Como si el