El sol de Theros apenas asomaba entre las cúpulas doradas del castillo cuando el grito desgarrador de la Reina Madre retumbó por los pasillos de mármol. Isolde, vestida aún con el vestido de duelo con el que había dormido, caminaba descalza por los corredores, deshecha en llanto, con el cabello suelto y la mirada extraviada. Hacía más de una semana que el príncipe heredero Leonard había desaparecido sin dejar rastro, y nadie, absolutamente nadie, podía dar razón de su paradero. Ni una pista, ni