El altar, que hasta hace apenas unos instantes era un escenario sagrado de júbilo, esperanza y unidad, se había transformado en una escena muda de tragedia. Todo ocurrió tan rápido que la realidad tardó en comprenderlo. Los vitrales seguían proyectando colores sobre el mármol blanco, los músicos aún sostenían sus arcos congelados en el aire, y los invitados, cubiertos de elegancia y perfumes caros, mantenían rostros petrificados como estatuas sin aliento. Nadie gritó. Nadie se movió. El tiempo